Historia de León

6.8.05

3.4.- León: Sede Regia

A la muerte de Alfonso III (910) la lejanía de la frontera, establecida en el Duero, facilitó la conversión de León en nueva capital del reino, aunque no por ello debemos suponer una ruptura con los viejos modelos neogóticistas sino más bien una continuación ideológica y un mantenimiento de los esquemas político-administrativos ya probados.

Por otra parte la cada vez más poderosa aristocracia, firmemente asentada sobre sus territoria, comienza a plantear un abierto desafío al poder cuyos primeros coletazos, por lo que se refiere al neonato regnum legionensis, coinciden con el derrocamiento del mismo rey magno tras una conspiración de su primogénito que es encarcelado en la fortaleza asturiana de Gozón lo que justifica la subsiguiente rebelión del conde Munio Muñoz, suegro del príncipe sublevado y posiblemente su cómplice, que exige por las armas la liberación del infante y consigue confinar al monarca en Boides forzándole a una abdicación en Don García. Después de peregrinar a Compostela y comandar por última vez la hueste real, Alfonso III fallece a los 58 años recibiendo sepultura en Astorga y, más tarde, en Oviedo tal y como nos transmite Justiniano Rodríguez(1997).

Desaparecido el soberano, confirmado en el solio García I (910-914), primer rey leonés, el nuevo monarca ratifica en el gobierno delegado de Galicia a su hermano Ordoño que, ya en vida del padre de ambos, había probado su valía política y militar en estas tierras pues, en el 908, tras convocar una poderosa hueste, se adentró en la Bética conquistando y saqueando la barriada fortificada de Regel, arrabal de Sevilla, afrenta para las armas musulmanas de la que se lamentan dolorosamente sus cronistas. Pero si Ordoño, vinculado por su matrimonio con Elvira Menéndez con las principales estirpes de la aristocracia del noroeste, conserva Galicia, su hermano Fruela es destinado a Asturias, territorio nuclear de la monarquía, que ahora comienza un periodo de grave crisis, de decadencia, convirtiéndose en el alejado bastión conservador que se nos presenta en los siglos posteriores en palabras de Juan Ignacio Ruiz de la Peña (1996).

Nos encontramos, pues, con un modelo, el leonés, de gobierno central pero flexible, jerarquizado, a cuya cabeza se halla el monarca, García, y, por su delegación, en las dos grandes circunscripciones del reino, Galicia y Asturias, dos príncipes subordinados al soberano y que actuarán como mediadores entre éste y la nobleza condal. Por lo que se refiere a las tierras al este del río Cea, será en el propio suegro de García I, Munio Muñoz, en quien recaiga este papel director sobre la órbita después conocida como castellana.

Sistema eficaz, probado por Ramiro I y Ordoño I quienes delegaron en sus respectivos sucesores, que, sin embargo, contribuirá a fomentar las diferencias locales y el particularismo en el seno del reino cristiano del norte.

La actividad repobladora del primer monarca leonés se centró en la comarca definida por el triángulo Zamora-Toro-Simancas, la avanzadilla del Duero, añadiendo, como complemento demográfico a esta linea fortificada, las empresas repobladoras de Roa, Osma, Coca, Clunia, Aza o San Estebán de Gormaz, encomendadas a los condes del sector fronterizo de al-Qilá, es decir, a su suegro, Gonzalo Téllez y Gonzalo Fernández. A estas tareas de reforzamiento del limes del territorio se suma la protección directa del soberano sobre algunos de los cenobios más destacados del momento como San Pedro de Eslonza, San Cipriano de Valdesaz, San Isidro de Dueñas o San Miguel de Escalada como recoge su biógrafo Justiniano Rodríguez (1997).

Como hijo de una infanta navarra estrechó García I los lazos existentes con la corona de Pamplona iniciando una firme alianza de intereses comunes frente al Islam que se mantendrá, con altibajos, a lo largo de la décima centuria.

Apenas si a los cuatro años de suceder en el solio paterno, el primer rey de León perdía la vida en Zamora a consecuencia de las heridas recibidas poco antes en la comarca de Arnedo (marzo del 914), tras realizar una incursión en el Valle de al-Hamma, noticia que, como en otras ocasiones, nos proporcionan las fuentes musulmanas, en esta oportunidad el historiador Ibn Idhari (1908).

Su muerte sin sucesión conocida de su matrimonio con Muniadomna Muñoz convierte a su hermano Ordoño en segundo monarca de León (914-924). Nacido en torno al 871, encomendada su educación a los muladíes Beni Qasi del Ebro, convertido en delegado real en las tierras de Galicia, desposado con Elvira Menéndez, por cuyas venas corría la sangre del conde Gatón, repoblador del Bierzo y Astorga, durante los años de gobierno de su hermano García se distinguió por sus empresas militares en tierras andalusíes, entre las que destacaremos la campaña de Evora (913) que concluyó con la toma de la ciudad de una forma tan sangrienta que en el Algarve cundió el terror pues durante largas jornadas los cadáveres musulmanes, apilados hasta formar la altura de dos hombres, señalaban a los visitantes donde se encontraba, en la plaza de Evora, el lugar llamado al-Atrás (el Estrecho), según las siempre algo exageradas fuentes cronísticas.

Esta política bélica, agresiva, marcó la pauta de actuación respecto a Córdoba desde los primeros años de su reinado en León pues, en el 915, ataca en una audaz campaña Mérida, Medellín, y Badajoz, plazas de las que se obtiene un rico botín cuyo destinatario parcial, en señal de gratitud por este nuevo triunfo, será el templo catedralicio leonés que se levantará sobre parte de los palacios reales.

La victoria de San Esteban de Gormaz (917) y sus posteriores empresas en la marca andalusí provocarán la respuesta armada de Abd al-Rahman III cuyas tropas derrotan a los cristianos en Valdejunquera (920) en buena medida por la defección en el combate de varios condes: Nuño Fernández, Abolmondar Albo y su hijo Diego –posiblemente Munio Gómez y Diego Muñoz, conde de Saldaña- sin olvidarnos de Fernando Ansúrez, cuyo desplante conjunto en el campo de batalla les lleva a ser encarcelados en León tras apresarles el monarca en Tejar, junto al Carrión, sin que conocieran los magnates los propósitos del soberano leonés pues, en palabras del cronista Sampiro “el corazón de los reyes y el curso de las aguas están el manos de Dios”. Poco después los prisioneros fueron liberados pues, al fin, un castigo ejemplar a menudo se identifica con una dura y seca advertencia sobre todo si su destinatario es un miembro de la primera nobleza.

Aliado de los navarros siguiendo la pauta política marcada por su hermano García, en el 923 emprende una campaña cuyos objetivos, según las fuentes, son Viguera y Nájera. Tras esta empresa y para ratificar la alianza entre ambos estados cristianos, Ordoño desposa por tercera vez con la infanta Sancha Sánchez –vid árbol genealógico de los reyes de León- pues, a la muerte de Elvira Menéndez y tras un fugaz enlace con la dama gallega Aragonta González, que fue repudiada, ninguna mujer compartía el trono leonés con el monarca. Poco duró este matrimonio pues, en el 924, fallece Ordoño II a quien las crónicas musulmanas, recogidas por Justiniano Rodríguez (1997), califican de tirano Urdun ibn Idfuns, señor de Galicia.

A su muerte hereda el cetro Fruela II (924-925), antiguo señor de Asturias, hermano de los dos monarcas precedentes quien deja, a su fallecimiento, abierta de nuevo la herida sucesoria y a León al borde de una guerra civil que pronto estallará entre sus hijos y los de Ordoño II. Dejó el siglo sin haber combatido contra otro enemigo que no fuera la estirpe Olemúndiz fieles partidarios de los vástagos de Ordoñó y entre los que se encontraba el mismo obispo de León: Frunimio.
La Nomina Regum Legionensium –nómina de los reyes de León- nos aclara la sucesión de este tercer soberano leonés: Alfonso Fróilaz (925-926) y, tras la guerra civil, Alfonso IV y sus hermanos, sin duda un fiel reflejo de los enfrentamientos entre ambas facciones reales que concluyen con la prisión de Alfonso Fróilaz y la entronización de Alfonso IV el Monje (926-931/932), segundogénito de Ordoño II, que contaba con el apoyo de Navarra pues su esposa, Onega, era hija del monarca pamplonés. Se produce, en este momento (926), un nuevo reparto similar al efectuado en tiempos de Alfonso III pues mientras sus hermanos reconocen su condición de soberano en León y su primacía, éste ratifica la posición preemiente de Sancho Ordóñez sobre las tierras de Galicia –de hecho, incluso, se intitulará “rey”- bajo cuyo gobierno delegado actuará en las tierras fronterizas portuguesas el tercer hermano: Ramiro. La muerte de Sancho convierte a Alfonso IV en heredero de su influencia sobre las comarcas galaicas. Sin embargo, ya fuera porque la muerte inesperada de su esposa le sumió en una profunda depresión o por cualquier otra oscura razón que los siglos nos evitan, el monarca abandona el trono y abdica inesperadamente a favor de su hermano menor, Ramiro, aunque pronto se arrepiente de su precipitada determinación y opta por abandonar el cenobio de Sahagún, donde se había recogido en vida monacal, y, con el apoyo de los Ansúrez y de los Beni Gómez toma de nuevo la capital, León (932), provocando la reacción inmediata de Ramiro, que se encontraba en Zamora reuniendo, conforme a la costumbre, la hueste real con la idea de atacar Madrid y socorrer a los mozárabes toledanos. Tras una huida arriesgada, Alfonso es apresado en un monasterio de monjas y, rompiendo la clausura y sin considerar el sagrado lugar donde se hallaba, apresado por orden de Ramiro que, después de ordenar que le sean arrancados los ojos, determina su encierro. El rey, además, corta de raíz cualquier tentativa de rebelión por parte de los miembros de su propia familia con pretensiones al trono y pronto comparten la ceguera de su hermano los hijos de Fruela II.