Historia de León

10.9.05

4.4.- León, reino independiente: Reyes privativos de León: Fernando I y Alfonso IX.

La voluntad de separar en dos sus estados no respondía sólo a los deseos del emperador de ofrecer una mejor respuesta militar ante los almohades sino, esencialmente, a un reconocimiento definitivo de dos identidades territoriales distintas una compuesta por León, que comprendía Galicia y Asturias, la segunda Castilla, dentro de la que quedaban incluidas las Vascongadas, Rioja y Toledo según Luis Suárez y Fernando Suárez (1993). Dos reinos diferentes, sin duda, pero cuya existencia de manera independiente apenas si sobrevive 73 años pues la comunión de intereses, un pasado extenso compartido y un modelo político similar condenaban al entendimiento a dos estados poderosos en manos de una misma dinastía, cuya aristocracia mas que puramente leonesa o castellana, a pesar de sus vinculaciones patrimoniales en uno u otro territorio, no duda en servir a aquel de los dos monarcas que mejor defienda sus intereses privados. Castilla y León, de no haberse unido en la persona de Fernando III, hijo del leonés Alfonso IX, en 1230, compartían demasiados intereses, tantos que, si se nos permite tejer una historia de cada estado independiente, todas las premisas nos reconducen a una búsqueda final de la unidad, más tarde o más temprano, similar a la unificación de Castilla y Aragón en tiempos de los RRCC, descendientes también, como los soberanos de León y Castilla en este periodo, de un mismo tronco real y cuyos modelos políticos presentaban más puntos en común que divergencias.
Un testamento, el de Alfonso VII, separa ambos territorios, varias muertes desafortunadas convierten a quien estaba llamado a suceder en el trono de León, Fernando IIII, en rey primero de Castilla. El destino de los hombres, sin duda, no se puede predecir.
El reinado de Fernando II
El segundo hijo varón de Alfonso VII y su primera esposa Berenguela de Barcelona –vid. esquema genealógico de la Casa de Borgoña- nació en 1137. Su educación fue encomendada al conde Fernando Pérez de Traba, el principal magnate gallego del momento, que compartiera tiempo atrás la titularidad de Portugal con la infanta Teresa de la que fue segundo marido. Hijo de Pedro Froilaz, el antiguo ayo del propio emperador, encauzará los primeros años del príncipe de la misma manera que Gutierre Fernández de Castro se ocupará de los de su hermano primogénito el infante Don Sancho.
La Crónica del Emperador Alfonso (1997) recuerda esta crianza real en un fragmento del Poema de Almería que recoge la llegada de las tropas gallegas que formaban parte de la hueste del rey:
la sigue el valiente gran señor Fernando, / atemperando con diligencia regia los privilegios gallegos. Estaba respaldado por la tutela del hijo del emperador. Si vieses a éste, pensarías que ya era rey” .

La muerte de Alfonso VII (1157) y el cumplimento de su última voluntad convirtieron a Fernando en señor de León aunque la desconfianza le lleva a presentarse rápidamente en la capital “temiendo que se le adelantara su hermano Sancho”, según el cronista Rodrigo Ximénez de Rada (1987), para arrebatarle su herencia. A la ciudad acude también el monarca portugués, Alfonso Henríques, para ratificar los acuerdos existentes entre ambos estados. Los dos soberanos acatan la situación previa aunque, años después, perfilarán algunos aspectos o aclararán ciertas cuestiones fronterizas entre León y Portugal en opinión de Vicente Alvarez (1996).

Las relaciones con Castilla, sin embargo, han quedado en parte enrarecidas por el recelo de Fernando II a quien las intrigas y resquemores de cierto sector nobiliario contra algunos miembros de la curia, como el conde Ponce Giraldo de Cabrera, del linaje catalán de los señores de Ager, vizcondes de Urgel y Cabrera, tenente de Zamora, Sanabria y otras mandaciones zamoranas durante el reinado de Alfonso VII, de quien fue, además, mayordomo. El fracaso de este magnate al intentar, sin éxito, sofocar la revuelta conocida como el “motín de la trucha”, en Zamora, provocó su destitución y su cese al frente de los territorios en los que actuaba, desde la etapa del emperador, como delegado real. Esta supuesta animadversión de Fernando II le llevan a extrañarse a Castilla cuyo soberano, Sancho, prestó oídos a las quejas amargas del conde. Este y otros problemas, principalmente motivados por el reparto de esferas de influencia territorial, llevarán a ambos hermanos, Fernando y Sancho, a reunirse en Sahagún el 23 de mayo de 1158 para discutir todas aquellas querellas que les enfrentaban, buscando, así mismo, iniciar una política común, en la medida de lo posible, en lo tocante a las grandes cuestiones peninsulares, acuerdo que fue ratificado por escrito en un tratado. En virtud de este pacto se comprometen a sucederse un príncipe a otro si alguno fallece sin herederos directos, a repartirse Portugal, cuya división queda encomendada al leonés, a colaborar como aliados contra todo aquel adversario que desafíe a uno de los dos reinos, excepto en el caso del conde de Barcelona, tío de ambos soberanos. Así mismo dividen los territorios musulmanes sin conquistar estableciendo qué parte correspondería a cada estado reservándose para León la zona comprendida entre Niebla y Lisboa así como la mitad de las tierras sevillanas según Vicente Alvarez (1996). En cuanto a la querella que enfrentaba a Fernando II y el conde Ponce, Sancho de Castilla, en cuya corte buscara refugio el magnate, pide a su hermano, palabras que recoge Rodrigo Ximénez de Rada (1987) que
“puesto que nuestro padre dividió el reino entre nosotros, estamos obligados a repartir no sólo las rentas, sino también las tierras entre los nobles, vos a los vuestros y yo a los míos, con cuya ayuda nuestros antepasados no sólo conquistaron la tierra perdida sino que además rechazaron a los árabes. Devolvedle, por tanto, sus feudos al conde Ponce...y no hagáis caso de las habladurías”.

La muerte prematura del rey de Castilla (1158), que deja el trono a un niño de tres años, Alfonso VIII, cuya tutela se disputan los dos grandes linajes castellanos del momento: Lara y Castro, unidos a ciertos problemas con el rey de Portugal, cuya soberanía amenazaba el Tratado de Sahagún, fuerzan a Fernando a centrar sus intereses políticos en las cuestiones fronterizas. La minoría de su sobrino, a quien reconoce como sucesor en el solio castellano, unida a su primacía respecto a Portugal cuyo monarca necesita del leonés para garantizar la estabilidad del limes, le llevan a considerarse, tal y como aparece en diversas intitulaciones diplomáticas coetáneas, “Fernando, rey de España”, hegemonía teórica, perdida a la muerte de Alfonso VII la vieja dignidad imperial leonesa, que le lleva, en la práctica a repoblar Ciudad Rodrigo y Ledesma para impedir que una posible alianza Castilla y Portugal cerrase la expansión leonesa al sur (véase el mapa). Esta actividad le enfrentó con los salmantinos que se consideraban perjudicados pues Ciudad Rodrigo se estructuró territorialmente, tras la repoblación,a costa de parte de tierras de éstos, y con Portugal cuyo monarca, con el apoyo de Salamanca, saquea Ledesma e invade las comarcas norteñas de Limia y Toroño, como recoge Vicente Alvarez (1996). De tal manera que, según recuerda Rodrigo Ximénez de Rada (1987),

“en pocas ocasiones estuvo el rey Fernando en paz con el rey de Portugal”,
lo que no evita que, en 1165, poco después de haber ratificado su alianza y amistad con el monarca navarro Sancho VI, en abril de ese mismo año, en Pontevedra, Alfonso I y Fernando II firman un acuerdo, el Tratado de Lerez, de mutuo respeto y reconocimiento asentado sobre las bases del matrimonio pactado del leonés y Doña Urraca, hija del soberano Portugués, de cuya unión en 1171, en la ciudad de Zamora, nacerá el sucesor: Alfonso IX.
Por las mismas fechas Fernando II renuncia a la regencia, en la práctica no ejercida, de su sobrino Alfonso VIII de Castilla quedando este reino en manos de los Lara y sus adversarios Castro, linajes éste que pasará al servicio de León y terminará por vincularse a la propia Casa Real por matrimonio al desposar Fernando Rodríguez de Castro con Estefanía, hija ilegítima de Alfonso VII. Algunos años más tarde la viuda de Nuño Pérez de Lara, Teresa Fernández de Traba, seguirá esta pauta de comportamiento y desposará con el propio rey leonés a cuya sombra protectora se educara esta rama de la Casa de Lara: los hijos del conde Nuño Pérez.
El equilibrio existente entre los reinos cristianos peninsulares permite a Fernando II reemprender las acciones bélicas iniciadas por su padre contra los cada vez más poderosos almohades. En 1166 los esfuerzos militares leoneses se centran en la conquista de la gran fortaleza de Alcántara, casi inexpugnable, cuyo gobierno fue entregado a un vasallo suyo: el conde de Urgel Armengol.
Abandonado Toledo, de nuevo en poder castellano tras su fugaz tenencia por León, olvidadas sus pretensiones a la regencia de Alfonso VII, en 1168 Fernando II encarga a Fernando Rodríguez de Castro que entable negociaciones y selle una alianza firme con los musulmanes norteafricanos, con los almohades, que le permita tres años de paz fronteriza en los que pueda dedicarse plenamente a labores de gobierno interior y respecto a los reinos de Castilla y Portugal. Las primeras medidas le enfrentarán con su propio suegro, Alfonso Henríques, pues el monarca luso, que ocupaba indebidamente ciertas comarcas gallegas, no duda en asaltar Badajoz (1169), plaza fuerte en poder musulmán pero que entraba en los territorios de expansión de los leoneses por lo que, con rapidez, Fernando II toma la ciudad, derrota al portugués a quien, herido, apresa, y pacta con su aliado musulmán un acuerdo por el que la ciudad, aunque con guarnición ismaelita, le presta juramento de fidelidad. La prisión de Alfonso Henríques permitió al leonés resolver las cuestiones fronterizas entre ambos desde una posición de fuerzas y establecer una serie de condiciones óptimas para Fernando II que recuperará la obediencia del obispado de Tuy, las tierras de Toroño (Galicia) y una serie de plazas en la Extremadura como Montánchez, Trujillo, Montfrag o Santa Cruz. En 1170 el rey de León se convierte, en palabras del Dr. Luis Suárez (1993), en “el más fuerte entre los peninsulares”. Ese año, 1170, se establece oficialmente la “Congregación de los fratres de Cáceres” bajo la protección del apóstol Santiago a quienes D. Fernando entrega la ciudad de la que toman su nombre para garantizar la defensa de estas tierras de manera similar a los fratres de Pereiro que aseguraban la comarca de Trujillo. En 1171 el arzobispo de Compostela era aceptado en esta primera congregación santiaguista cuyo maestre, a partir de entonces, pasa a ser considerado un canónigo más de la sede del apóstol. Las relaciones entre ambas entidades, orden militar y obispado, permiten, junto al favor real , el despegue definitivo de los caballeros que pasarán a ser conocidos como “Orden militar de la Caballería de Santiago de la Espada” la cual, bajo el estandarte protector del apóstol, se convierte en la fuerza de choque del reino leonés en palabras de Derek Lomax (1965) y José Luis Martín (1974).
Los almohades, convertidos en el principal factor desestabilizador del limes, reinician los ataques a la frontera cristiana. Fernando II acude en 1171 a la defensa de Santarem, plaza de su suegro el soberano portugués, apoyo que le cuesta la ruptura de su alianza y tregua con los norteafricanos y la pérdida, en 1174, de Alcántara y Cáceres y las tierras al sur del Tajo viéndose obligados los cristianos a rechazar la embestida musulmana en Ciudad Rodrigo. Detenido el avance almohade, la situación de la frontera leonesa cuando menos podría calificarse como delicada pues, en apenas unos años, Fernando II había perdido todas las posiciones que con tanto trabajo consiguiera a lo largo de su etapa de gobierno.
Los distintos juegos de alianzas entre los monarcas peninsulares obedecen, durante estos años, básicamente, a los intentos de estabilización de la frontera. Si los roces de León con Portugal son habituales, la presión castellana en Tierra de Campos y la cuestión del Infantado de Valladolid enfrentaban a ambos estados. Fernando II cada vez menos interesado en el Infantado, que en justicia pertenece a su sobrino Alfonso VIII, se ocupará de reforzar el poblamiento interior del territorio leonés. Repoblación y concesión subsiguiente de fueros a Mansilla, Benavente y Mayorga de Campos.
Por fin, el 21 de marzo de 1181, los dos soberanos, tío y sobrino, se reúnen en Medina de Rioseco para convenir un acuerdo fronterizo entre ambos estados cuyo limes, del Cea al Tajo, se establece tomando como modelo el creado a la muerte de Alfonso VII y que será definido en su trazado por magnates de las dos curias regias aunque fue necesario organizar una segunda comisión que analizara la situación de algunos pueblos en disputa y de la que formaban parte los caballeros leoneses Fernando Rodríguez y Pelayo Tabladelo. El 1 de junio de 1183 se firma el Tratado que ratifica el acuerdo tomado por ambas partes y que recibe el nombre de Fresno-Lavandera por los respectivos lugares donde se encontraban los monarcas de León y Castilla cuya autoridad sancionó el pacto que recoge Julio González (1943). Como una cláusula más Fernando II se compromete a no renovar sus treguas con los musulmanes como paso previo a un reinicio de las hostilidades por parte de los reyes cristianos.
En 1183 el monarca leonés asedia Cáceres sin éxito. La repuesta almohade no se hace esperar más y un gran ejército, instalado en Badajoz, se dispone a atacar la frontera. La alianza entre Fernando II y el soberano portugués desbarata los planes ismaelitas en Santarem, notable victoria cristiana debida más a la confusión de las tropas árabes que a la habilidad bélica de la coalición según Ambrosio Huici (1956).
Sin embargo la mayor dificultad de los años finales del reinado de Fernando II no fueron ni los almohades ni los problemas con Castilla o Portugal sino un asunto de corte más familiar pero que afectaba directamente a la sucesión al trono. De su primer matrimonio con Urraca, hija de Alfonso Henríques de Portugal –véase árbol genealógico de la Casa de Borgoña-, nació en Zamora (1171) el infante Alfonso a quien, pese a la anulación del matrimonio de sus padres (1175), se le reconocía a todos los efectos legales su carácter de hijo legítimo apareciendo en numerosos documentos regios asociado a la figura paterna. El segundo enlace del monarca leonés con la dama gallega Teresa Fernández de Traba (1178), viuda de un conde de la Casa de Lara, hija de su ayo Fernando de Traba, no supuso ningún perjuicio para el joven Alfonso a quien en ningún momento su madrastra discutió su condición de heredero. La muerte de ésta (1180) facilitará el ascenso de una noble castellana, hija del señor de Vizcaya, primero al tálamo real, más tarde al trono: Urraca López de Haro, sobrina de Fernando Rodríguez de Castro. De sus relaciones ilícitas nacerán dos hijos: García, muerto al poco tiempo, y Sancho (1184) a quien el matrimonio posterior de sus padres (1187) legitimaba de tal manera que este infante se convierte, de cara a los cada vez más poderosos e influyentes Castro y Haro, en el sucesor de Fernando II en detrimento de los derechos de Alfonso, cuya situación en la corte leonesa se vuelve más que difícil para el príncipe verdaderamente insostenible forzándole a huir y refugiarse junto a los Traba, la principal Casa nobiliaria gallega, los únicos capaces de garantizarle a un tiempo seguridad y apoyo hasta que pueda buscar en Portugal el auxilio necesario, junto a la familia de su madre, para conservar su herencia. Sin embargo la muerte de Fernando II (Benavente, 22-enero-1188) alteró sus planes iniciales. La ahora reina viuda Urraca de Haro trató de ocultar, para ganar tiempo, el cadáver del monarca mientras su hijastro, que se intitula ya rey, consigue rescatar el cuerpo y lo traslada, cumpliendo la última voluntad del difunto, a Santiago de Compostela donde será inhumado. El siguiente paso, después de ser reconocido en su dignidad por la mayoría de la nobleza, que no simpatizaba con la causa de la soberana, fue convocar una Curia Extraordinaria en León que se celebró en la primavera de 1188 en la que, por primera vez en la Historia de Europa, se convoca a algunos miembros electos de las principales ciudades del reino para discutir ciertos asuntos esenciales para el devenir del reino.
Alfonso IX (1188-1230), último rey privativo de León
“A la muerte del rey Fernando le sucedió su hijo Alfonso. Fue este hombre piadoso, valiente y benévolo”.

Así describe el arzobispo de Toledo Don Rodrigo Ximénez de Rada (1987) al último monarca leonés, padre del unificador de este reino y Castilla: Fernando III. Lucas de Tuy (1926), por su parte, aporta el siguiente retrato del soberano:
“Era de rostro noble, elocuente, generoso, de gran fortaleza física, diestro en el manejo de las armas y muy firme en su fe católica...Nunca fue vencido en el campo de batalla permaneciendo siempre victorioso en las guerras que sostuvo frente a cristianos y a sarracenos. Pero la extraordinaria fortaleza de que hacía gala no era incompatible con una gran clemencia, y ello, siempre que alguien fuera capaz de inclinarle al lado positivo, hacía que estuviese a abandonar la ira y a ser misericordioso olvidando los malos consejos”.

La reunión de las primeras cortes de la Historia con presencia del estamento urbano sirvieron al ahora monarca para mostrar todo su poder a los seguidores de la reina viuda y su hijo el pequeño infante Sancho Fernández pero no pudieron impedir que los familiares de Urraca de Haro, que ocupaban algunos de los principales oficios de la curia leonesa, se pasaran al servicio del rey de Castilla con todas sus tenencias y mandaciones, circunstancia que propició un apoyo singular a Alfonso VIII cuando éste reforzó su dominio sobre la Tierra de Campos mediante la ocupación de Valencia de Don Juan, aunque tal invasión no encendió el fuego de una nueva guerra entre ambos estados, sino una posición de fuerza del castellano en un momento de transición para nuestro reino lo que no impidió que el heredero de Fernando II fuera respetado, incluso confirmado, en su legitimidad por su primo el señor de Castilla, cesando, de esta manera, los apoyos a la reina viuda, Urraca de Haro, y sus parientes cuyos señoríos pasaron a formar parte del patrimonio de la dama.

Superados estos problemas dinásticos, armado caballero Alfonso IX por el soberano de Castilla, se inicia una política de reconciliación, incluso de acercamiento entre ambos príncipes que desembocará, años más tarde, en el matrimonio del sucesor de Don Fernando y una hija de Alfonso VIII. Este actitud conciliadora, que tantas ventajas hubiera reportado para la causa cristiana en sus enfrentamientos con los almohades, se vio enturbiada por los recelos y suspicacias que la unión de los dos reinos más poderosos de la Península despertaba en Portugal, Aragón y Navarra de tal manera que Alfonso IX necesitó de toda su habilidad para sobrevivir y preservar íntegro y fuerte el territorio recibido de su padre. Esta búsqueda sucesiva de alianzas se plasmó en los matrimonios del monarca: primero con Teresa, hija del soberano portugués (1191), de la que se ve forzado a separarse por imperativo de Roma en 1194 y de cuya unión nacieron tres hijos: Sancha, Dulce y Fernando (vid árbol genealógico de la Casa de borgoña); el segundo con Berenguela (1197), vástago primogénito de Alfonso VIII de Castilla de quién tendrá al príncipe llamado por el destino a sucederle: Fernando III y a Don Alfonso de Molina, ente otros (vease el esquema genealógico borgoñón).
La amistad entre León y Portugal se amplía al reino de Aragón con el objetivo prioritario de impedir a cualquier precio que el monarca castellano impusiese su autoridad a los demás soberanos como una prueba evidente más de su hegemonía peninsular. Acuerdo frente al poderoso que también le comprometía a respetar las zonas de expansión sureña de cada uno de los estados compromisario según Julio González (1944).
El temor de la Iglesia frente al Islam llevará al Papado a enviar una legación a Hispania para lograr un acuerdo entre los reyes cristianos contra los musulmanes, pacto que conllevará, para un mejor entendimiento entre los monarcas, la devolución mutua de algunas plazas en litigio reservándose el cardenal Gregorio, legado de Roma, la facultad de arbitrar en estas disputas cuya resolución, plasmada en el Tratado de Tordehumos (1194), fuerza a Alfonso VIII a devolver al leonés los castillos de Alba, Luna y Portilla, los lugares de Santervás y Villavicencio y aquellas fortalezas que los Haro, al extrañarse a Castilla, aportaron a esta corona con su vasallaje. El acuerdo, al que se suma Portugal, y en el que se contemplan la recuperación para León de los castillos entregados en arras a la reina Teresa –cuyo matrimonio con Alfonso IX acaba de ser anulado- obliga a las partes a su cumplimiento al menos por un plazo de diez años tal como estudió Julio González (1944).
Durante este periodo el rey de León supo cohesionar un estado fuerte y poderoso capaz de permitir el ascenso de nuevos grupos oligárquicos urbanos, como uno más de los pilares sobre los que, en adelante, se asentará la monarquía, y de reprimir cualquier intento por parte de la nobleza de romper este nuevo modelo político, social e institucional. Años éstos y los que se siguen al cambio de siglo en los que la repoblación interior adquiere un ritmo acelerado, actividad “colonizadora” que se ejemplifica en la fundación del puerto de La Coruña (1208) junto a la Torre del Faro, Villanueva de Sarria o Triacastela, todos en Galicia, de repoblación en El Bierzo, especialmente en torno al Camino de Santiago y sus ramales como Bembibre (1199), de nacimiento de Puebla de Sanabria (Zamora), sin olvidarnos de otros lugares de la Extremadura leonesa que sirven a Don Alfonso para consolidar la frontera tanto con los almohades como respecto a Portugal y Castilla según el Dr. Carlos de Ayala (1996). Proceso de reorganización territorial que, a menudo, aparece acompañado por la concesión paralela de fueros. Política activa, revitalizadora, la del monarca que, en palabras del Dr. Ayala (1996):
“supo combinar, desde el principio, su decidida defensa del realengo con una no menos encendida posición favorable al equilibrado mantenimiento de la integridad jurisdiccional de los grandes dominios señoriales. De ello no sólo dependía la paz social del reino, sino el propio pacto feudal sobre el que se asentaba la monarquía...en consonancia con esta nueva sensibilidad real, fue cuando se generalizó la generosa compensación indemnizadora como fórmula adecuada para combatir la conflictividad señorial...el rey mantenía el realengo e incluso lo incrementaba y, al mismo tiempo, satisfacía los conculcados derechos señoriales con participaciones en rentas, en ocasiones, hasta entonces inexistentes, y con iglesias a cuya propiedad, habida cuenta de los reformistas tiempos que corrían, tarde o temprano habría tenido que renunciar “.

La integridad fronteriza y la consolidación de las estructuras institucionales y político-administrativas de León, como se puede observar, siempre constituyeron el objetivo prioritario de Alfonso IX para quien la lucha contra el Islam ocupó un lugar relativamente secundario. El poder almohade y la falta de entendimiento con Castilla, que busca en más de una ocasión la alianza con Portugal, forzó al rey de León a buscar un pacto estable con los musulmanes para asegurar la paz del limes sureño y frenar la coalición entre Alfonso VIII y el soberano luso, unión de fuerzas que permitirá al leonés contar con apoyo norteafricano en una incursión por la Tierra de Campos castellana que le llevó hasta Carrión y Villalázar de Sirga y que le costó la excomunión por parte del Papado amén de la cumplida venganza de Alfonso VIII que, con el beneplácito y el refuerzo militar del monarca aragonés, se adentra en tierras de León y toma Castroverde enviando, después, una expedición a Astorga y atacando, a continuación, Puente Castro (1197), población ésta que fue saqueada e incendiada mientras muchos de sus habitantes se veían condenados al cautiverio.
Frente abierto con Castilla al que se sumará una segunda herida en el limes leonés, en esta oportunidad en las tierras del Miño donde ataca Sancho de Portugal, que aprovecha la bula papal en la que se condena a Alfonso IX por su amistad con los musulmanes, para conseguir sus propios objetivos de la misma manera que el rey castellano vuelve a utilizar Castroverde como base de operaciones para su nueva incursión por las tierras leonesas pues, desde allí, subirá hasta Ardón, atravesará Benavente, saqueará Alba de Aliste y se moverá a su placer por la Extremadura.
Evidentemente el mayor peligro para la estabilidad peninsular no era el poder almohade sino la discordia entre los monarcas cristianos que llevará a negociar el matrimonio entre Alfonso IX y la primogénita del rey de Castilla, Berenguela, como paso previo a una paz duradera pues la infanta recibirá los lugares en disputa, sitos en la Tierra de Campos, que le serían entregados por su padre, y veintinueve castillos en concepto de arras ofrecidos por su esposo. Boda concertada sin dispensa (1197) cuyo objetivo se cifraba en conseguir descendencia de esta unión capaz de acercar a León y Castilla como única fórmula eficaz de solucionar los viejos conflictos fronterizos. Mientras de este matrimonio, condenado por Roma, anulado definitivamente en 1204, nacerán los infantes Fernando, Constanza, Berenguela y Alfonso, la ex reina Teresa de Portugal veía como sus propios hijos eran lenta pero firmemente alejados de la sucesión creándose el germen de un difícil problema sucesorio.
Por estas fechas Alfonso IX recuperaba las fortalezas de Aguilar y Monteagudo, en la montaña oriental leonesa, en poder hasta entonces de los Haro, linaje, recordemos, de su madrastra Urraca, viuda de Fernando II, reabriendo los viejos problemas con esta estirpe.
Las conversaciones con el Papado no llegan a buen término y, aceptado el final de su matrimonio con la infanta castellana, que pudo apaciguar las tensiones entre León y Castilla, ambos monarcas, los dos Alfonsos, se reunen en 1206 en Cabreros del Monte cerca de Villafrechós para tratar de la herencia del príncipe Fernando, hijo mayor varón habido de la unión de Alfonso IX y Berenguela, que, por acuerdo de los dos monarcas, pasaría, dada su condición de heredero legítimo, a recibir un extenso señorío si su hermano homónimo, nacido del leonés y Teresa de Portugal (vid árbol genealógico de la Casa de Borgoña), recibía como parecía lógico el cetro paterno, y, en caso de que este infante falleciera, Fernando hijo de Berenguela heredaría el trono de León, como de hecho así sucedió.
Por lo que respecta a la expansión del reino frente al Islam, la victoria de una coalición cristiana –de la que no formó parte el leonés demasiado comprometido entonces en asuntos portugueses- en las Navas de Tolosa (1212), apenas si un año después de la consagración de la nueva basílica de Santiago de Compostela, unida a la muerte violenta del califa almohade permiten al monarca de León la expansión longitudinal de sus estados con un mínimo de seguridad. El proyecto de Alfonso IX, tras el asedio fracasado de Cáceres (1218), no era otro sino alcanzar el Guadiana y controlar la Calzada Guinea, es decir, la Vía de la Plata, que abría las puertas de Sevilla. En 1227, por fin, Cáceres pasa a poder leonés tras su conquista, empresa en la que tomaron parte destacada las órdenes militares de Alcántara y Calatrava. En 1230 se ocuparon Montánchez, Mérida, Badajoz y Elvas. León acaba de permitir el paso cristiano a Sevilla.Después de la conquista de Badajoz el rey Alfonso IX decidió peregrinar a Compostela para agradecer el apoyo de Santiago en estas campañas victoriosas pero la muerte le detuvo en Villanueva de Sarria (Lugo), el 24 de septiembre de 1230.